CRÓNICA / MIGRACIÓN CENTROAMERICANA, LA TRAGEDIA QUE SE QUEDA


Miles de muertos, cientos de desaparecidos, decenas de mutilados

El saldo de la migración centroamericana por el territorio nacional es una tragedia que no termina de escribirse. Son cifras que nadie se ha atrevido a precisar.

Los migrantes son la expresión sin rostro del fenómeno social más injusto sobre el planeta, por la desigualdad que los expulsa, el terror que los explota y el olvido social que los excluye, los desaparece.

Gustavo Rodríguez Zárate es una de las voces más autorizadas para hablar del paso de centroamericanos por el territorio poblano. Es coordinador de la Pastoral de Migrantes en la Arquidiócesis de Puebla y en su parroquia, la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, da alojamiento, al menos por una noche a los migrantes que lo requieren.

El párroco ha logrado identificar una nueva expresión de la explotación laboral hacia los centroamericanos:

“Uno tiene que tener claro una cosa: el migrante necesitado, el que va de paso, necesita comer, necesita descansar, necesita agua, pero aprovechan esas situación los grupos que controlan los cruceros desde hace muchos años, con los niños, con los indígenas y ahora con los migrantes. Entonces les dan hospedaje, les pagan el hotel, les pagan la cena, pero los ponen a trabajar todo el día”.

Es de mañana y afuera de la parroquia de estilo contemporáneo, su atrio azul y sillas de terciopelo rojo, refugio para migrantes, se puede leer una manta que reza “en la iglesia no hay extranjeros, ésta es tu casa”.

El padre Gustavo sabe que en invierno la migración centroamericana baja de manera sensible, pero en primavera la temperatura alienta las aspiraciones de una vida mejor, de alcanzar el destino, aunque siempre exista el riesgo de perecer en el intento.

“Como que el frío los hizo detenerse –dice- pero ahorita aprovechan antes de que empiecen las lluvias; hemos tenido reuniones las parroquias que tenemos atención a migrantes y en total entre los cuatro albergues de aquí de las parroquias de la ciudad, juntamos al mes 180, 220, más o menos”

Eduardo, un migrante guatemalteco, camina entre los autos en una esquina de la ciudad, puede ser cualquiera… pide algunas monedas para sobrevivir.
Su cuerpo enclenque  sugiere un niño de unos 14 años, pero su rostro quemado por el frío, sus labios gruesos reventados, aventuran más de 30; tiene 22.

Lleva un mes en México y cuenta cómo trepado sobre “la bestia”, junto con otros paisanos suyos, sin rostro igual que él, candidatos a estadística, fue víctima de los maras.

“A nosotros nos agarraron, nos encañonaron, nos pusieron una pistola, nos quitaron toda la feria que traíamos, todos los quetzales que traíamos, ropa, comida, nos dejaron sin nada, nos dijeron que si volteábamos nos iban a plomear”.   

Una gran mochila con una cobija enmugrecida, la ropa casi en harapos, son todo su patrimonio. Eduardo niega que alguien lo haya llevado a esa esquina, acaso su hambre.
Uno advierte su sinceridad cuando empiezan a rodar las lágrimas sobre su rostro, su voz entrecortada:

“Es muy difícil sufres, hambre, sed, es muy difícil (…) mucha hambre mano”.          

Ya es de noche y afuera de la parroquia, refugio para migrantes, se puede leer una manta que reza “en la iglesia no hay extranjeros, ésta es tu casa”. Hoy nadie llegó, mañana quién sabe.

Mientras, Eduardo, seguirá caminando, con los ojos perdidos, en busca de un sueño que quizá no llegue.



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