Datos como los que publica hoy el periódico Reforma justifican la molestia, inconformidad y resistencia de los contribuyentes promedio para pagar más impuestos. Nos encontramos ante un Estado que quiere cobrar más pero no sabe para qué lo quiere y lo que aplica no tiene el impacto social que se necesita.
Los impulsores de la Reforma Hacendaria argumentaron y siguen argumentando que en países como Dinamarca, Suecia y Bélgica –naciones de primer mundo, dicho sea de paso- los impuestos son arriba del 50 por ciento, pero la comparación resulta ofensiva cuando se ponen a la par del nivel de bienestar.
Retomo el ejemplo de Reforma: mientras México destina 14.5 por ciento del presupuesto al rubro de salud, Suecia, 13.7 por ciento. Pero la disparidad es marcada cuando compara la expectativa de vida de los mexicanos que es de 74 años contra 82 en el país europeo.
Luego viene una anotación de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) –y no habría que ser muy conocedor para advertir lo primero- “si los recursos que México destina a salud se gastaran de manera más eficiente, podría aumentarse la expectativa de vida hasta en cuatro años”.
Qué decir de la educación donde nuestras expectativas cualitativas quedan desbancabas por los coreanos sureños quienes destinan menos porcentaje de su presupuesto para el rubro (15.8 por ciento, contra el 17.5 por ciento de México) pero sus alumnos aprenden más y mejor.
Resulta evidente que el país necesita un golpe de timón, pero este no vendrá con las muy nombradas reformas estructurales, las cuales al puro estilo presidencial sirvieron para el boom mediático, pero que no tienen la garantía de su efectividad.

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